BOLETÍN DE PRENSA 21/2019

03 –JUNIO-2019

Por: Federico Pérez Cruz, Presidente de la CANACOPE CDMX

Los taxis aparecieron en el ecosistema capitalino durante el siglo pasado. Por su color verde, adornado con una franja de triángulos blancos invertidos pintados en su perímetro, como dientes, les llamaban “cocodrilos”. Nombre propio de reptil predatorio, que, según los expertos, no ha evolucionado jamás por falta de competencia en su medio. Así, igualito que nuestros taxis capitalinos: dinosaurios auténticos. Que no evolucionan. Que mantienen un control cuasi monopólico del transporte concesionado. Bajo el amparo de políticas proteccionistas económicamente obsoletas.

Considero un deber aborrecer las falsas generalizaciones. Sin embargo, también creo justo afirmar que casi todos los capitalinos, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido víctimas de abuso a bordo de un taxi. Menciono sólo algunos. Estafas pertrechadas mediante cobros excesivos, por medio de “taxímetros” alterados. Violencia verbal, lenguaje soez, o, aun, insinuaciones sexuales por parte de algún chófer. La incomodidad forzosa de viajar en vehículos destartalados, sucios y añosos. La negativa de ser atendidos y servidos, pues al chófer “le queda lejos” nuestro destino. O hasta aquella molestísima frase típica de “Uy. No traigo cambio…”, que siempre suena a falsedad, más que a un hecho comprobable. Sumando lo anterior a la frustración tremenda de carecer de herramientas inmediatas, confiables y certeras para emitir una opinión o un reclamo. Para recibir la compensación necesaria y correspondiente a tales atropellos y conductas.

Todo lo contrario a servicios como Uber, Cabify y similares. Que, pese a sus carencias inherentes, son criaturas empresariales modernas. Perfectamente evolucionadas ante las problemáticas del transporte capitalino: en un ecosistema económico y social, complejo y tecnológico. Detendencia global. Donde la seguridad personal y la salud financiera encabezan la lista de las necesidades fundamentales de sus habitantes. Porque viajar con Uber y similares resulta tan confiable como abordar un avión: desde lo jurídico, monetario y emocional. Pues se ofrece al pasajero la identidad del chófer. El costo y la ruta del viaje, monitoreados mediante sistemas computarizados. La posibilidad de resarcimientos monetarios. Y hasta un “botón de pánico” para contactar a la policía. Mientras que –figurativamente- viajar en taxi equivale hoy a montarse en una carreta demadera del Viejo Oeste: con las mismas seguridades implicadas.

Las autoridades capitalinas fallan siempre al ceder ante las agrupaciones de taxistas. Castigando a la libre empresa y a la ciudadanía, so pretexto de“equidad laboral”. En vez ¿por qué no crear un sistema de gestión y rastreo de taxis, similar al de Uber, controlado por la Secretaría de Movilidad? Si los demás pueden ¿por qué el Gobierno, no? ¿Por qué no eliminar las “concesiones” de placas, que son más un aparato de control político que una fuente de empleo estable? ¿Por qué retrasar a todos, en vez de revolucionar y modernizar los taxis?

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